Introducción – En el principio

Se cuenta que, en el principio Yahweh creó el cielo y la tierra. Las personas piensan que fue Él quien creó las estrellas, los planetas, sistemas solares, galaxias y todas las cosas existentes en el universo; que fue Él quien estableció todas las leyes que las gobiernan, que las mantienen en orden. Yahweh mira todas estas cosas y ve que son buenas; su corazón se alegra de saber que todas estas cosas le traerán gloria a Él y a su nombre.

Pero, lo que no sabe la gente, es que Yahweh no fue el autor físico de todo lo que existe, no lo hizo solo. Antes de la existencia de cualquier otra cosa, Dios hizo un único acto de creación, formó una versión inferior de Él mismo (aunque también muy poderoso), por nombre Mikha’el (o Miguel) quien llegaría a ser conocido como “El Hijo”. Después de esto, y delegando en el mismo Mikha’el, fueron creados las demás criaturas celestiales, de nuevo, versiones más inferiores aún del mismo Yahweh y de Mikha’el, pero al mismo tiempo, eran seres muy inteligentes y poderosos, que luego llegarían a conocerse como Ángeles. Estas criaturas estaban al servicio de Yahweh y Mikha’el, y debían servir y dar gloria únicamente al nombre de Yahweh. Con su ayuda, se estableció un lugar de residencia para ellos mismos, un reino con una gran ciudad, y cada ángel fue asignado una posición o tarea. A algunos les fue concedido autoridad sobre otros, pero a Mikha’el le fue concedido autoridad sobre todos excepto sobre Yahweh mismo, ya que él fue el primero, el hijo, el preferido

Y a los ángeles se les fue dando asignaciones y tareas, y debían hacer exactamente como se les había ordenado, cada uno en su lugar y posición, y todos debían glorificar y honrar el nombre de Yahweh.

Yahweh observó todo lo que se había creado, al reino y a sus súbditos, y vio que todo era bueno, y estaba seguro de que, en efecto, le traería gloria y honra, lo cual le producía un gran sentimiento de satisfacción

Ahora Yahweh ordenó que se le prestara atención al universo físico, y puso a los ángeles a trabajar en su construcción, y su duro esfuerzo y labor dieron lugar al tejido del mismo universo, sus leyes y estatutos. Su ingenio y saber hacer dieron lugar a las estrellas, planetas, sistemas solares y galaxias. Durante incontables eones trabajaron sin descanso, cada uno en su lugar designado, y Yahweh se regocijaba a causa de la perfecta armonía de la creación y de sus súbditos.

Así fue, en realidad, como llegaron a existir todas las cosas. Todo funcionaba con perfecto equilibrio y armonía, cada ángel tenía su lugar y tarea bien definida, y todos ellos eran obedientes, y daban gloria a Yahweh. Todo era perfecto.

Bueno, casi todo…

En algún rincón oscuro, oculto en lo más profundo de algunas de las mentes de las criaturas inteligentes que habían sido creados, comenzaron a nacer ideas, ideas diferentes a las que Yahweh había dispuesto y que él aprobaba, ideas que ponían el peligro ese “perfecto” equilibrio del sistema que se había formado, ideas que amenazarían la gloria de Su nombre. Tales ideas estaban germinando dentro de las mentes de muchos, lo llevaban haciendo desde hace tiempo, pero sobre todo, lo hacían dentro de la mente de un ángel en particular, uno que gozaba de una posición muy encumbrada con gran autoridad y poder sobre muchos más… un ángel llamado Haylel.

Durante incontables milenios, Haylel había trabajado duro, había sido muy obediente y le había traído mucha gloria y honra al nombre de Yahweh, pero a medida que observaba la creación y a sus congéneres, empezaba a notar cosas, comenzó a ser consciente de detalles, y una voz comenzó a nacer en su interior:

Aquí hay algo que no está bien…